De Caalderón de la Barca

De Calderón de la Barca.
Idolat.

Concedo que aurora seas,
y concédote que soy
yo el sol, por rendirme ante ti;
porque al hermoso candor
de la aurora el sol le debe
todo el primero arrebol*;
y así, siendo la primera,
su luz, que la iluminó,
la luz de la aurora ha sido
más bella que la del sol,
pues salió primero al valle,
y antes que él amaneció.

Publicado por Jecego.

* rojo, colorado, encarnado, escarlata.

Te gusta la música.

Te gusta la música hasta que todas
las notas suenan muy dentro de ti;
te embelesa, te abisma, te mueve
al son de la rima que llevas escondida.

Música de todos los ritmos, que lleva
ese sonido y dulce esencia a tu sangre;
ese torrente que lo llena todo, y su eco queda
prendido a tu piel, musicándo el aire.

Música de grandes velas surcando mares,
viento que empuja las olas que en proa tañen,
que se hacen música en el aire que respiras
y baile entre dos cuerpos que se amen.

Yo abrazaré tu música primorosa,
como viento que me lleve en alas
tu viento, en el aire; y abrazado a ti
bailaré tu baile, al son del paso, de tu arte.

Jecego.

Despiertame otra vez

Despiértame otra vez.

Un poco más allá de la memoria
y más acá del silencio habitaba un hada,
que cada mañana iba a un arroyo cercano
a mirarse en sus aguas;

pero un día se acercó tanto a su superficie,
que se movió el agua;
y se vio fea y arrugada,
ondulada su cara;

su cabellera parecían olas
y sus labios de rubíes, figuras de nacar,
púsose en pie, y vio
como su cuerpo se doblaba,
y creyendo que era un sueño
gritaba fuera del agua;

pedía a su dios le despertara
de aquella visión que creía sueño;
su grito le despertó de aquella angustia
cuando ya el agua del lago estaba quieta,
de nuevo era un espejo, y se miraba
y tímidamente dijo a las tranquilas aguas;
“despiértame otra vez”
cuando vuelva a mover tus agua,
no quiero dejar de ser un hada,
ya aprendí que “hada” solo es un sueño,
una fantasía de las que se siente guapas,
y se pierde, cuando el espejo, habla…

Jecego. Miércoles 15 de febrero del 17.
Montaña coqueta y soñadora.

Montaña grande de Güimar,
tu que dejas que el sol acaricie tu cara
y la luna cubra a tus hijos
con la luz plateada de la luna;
abre tus brazos y deja que el sol llegue
hasta las arenas negras
de tus entrañas, que
enrojezcan los bordes de tu cima
tus labios,
y crezcan en tus laderas
las tederas,
los cardones
y tabaibas
que te da ese verde hermoso,
ese verde esmeralda de ensueño,
que te hace coqueta y soñadora;
pregonera de tu talle cimbreante
como palmera y mujer,
que hace cantar al güímarero
glorias por tu ser,
y al forastero suspirar
por poderte tener.
¡¡Ay!! Mi montaña
con raíz de fuego y cálida piel;
te siento dentro de mí como madre
y como mi sangre en mis venas,
y en mi corazón te siento
hirviendo de amor por mi tierra.
Gracias: mi Valle; mi montaña, mi sol
y tus veredas.

Jecego.

Caanto al sol y a la rosa.

Canto al sol y a la rosa.

Creo que el sol se ha hundido
creo que su luz ya se apagó
en lo más hondo, en lo íntimo;
nada es más oscuro que la sombra
que se diluye en su propia sombra.

Esa sombra que se hace noche,
que ya no puede ser la luz de su mundo
y pasea por otros mundos buscando su luz,
palpando con las manos porque sus ojos
dejaron de mirar sin ver, y araña otras sombras.

Creo que el sol, ya no volverá a ser ese sol,
aquel sol que alumbraba todos los rincones,
ni palio de luz entre columnas de sueños;
solo podrá ser memoria de algún rincón
donde quedaron las huellas de sus dedos.

Nada hay como el sol para la vida,
nada se parece más al sol que la poesía del bosque,
hoy que se ha quedado dormido lo notamos oscuro
el cuerpo lo notamos frío, cansado, gris y triste
diferente a ayer, cálido, bello y luminoso, como el monte.

Ayer el sol era mi mejor amigo, pero se fue
y ocultó entre muchas flores, se hizo luz y viento,
perfume y color, rosa quizá, o quizá su sombra:
y va subiendo los peldaños de sus hojas
desde el tallo a su flor, para mirarse en sus pétalos.

Amarilla, rosa, blanca o roja; todas huelen igual,
a rosas.

Jecego. Domingo 29 de enero del 17.

Mi memoria.. 2.

Mi Memoria.. 2.

Memoria, ¿dónde estás?
no me abandones,
no borres mi tiempo,
quiero  contar mi historia y no puedo
escribir en la noche;
sin tu luz, no encuentro mis recuerdos.

Memoria, eco de mi tiempo vivido,
sombra de algo que ayer fue mi vida,
voz que ayer me hablaba lúcida y clara;

ahora llega rezagada, turulata y vacía
y cuando llega, llega cansada, sin ruido, callada,
apenas percibida, desdibujada en mi noche.

Cuando el tiempo ha pasado por mí
ha ido dejando su huellas en mi alma;
esa huella es mi memoria grabada
que grabé mientras vivía mi vida;

ahora quiero cantarla al viento para que llegue a todos
pero, parece ser que alguna nota se ha perdido,
y falla mi historia, porque faltan palabras
desvanecidas en las raíces presentes de mi olvido.


Jecego. Martes 24 de enero del 17. (85.3).

Flor o mujer.

Flor o mujer, no sé,
en mi jardín naciste un día,
te vi crecer mirándome
y crecí a tus orillas, mirándote;
a tu pelo llamé hojas
que se hicieron verdes al mirarlas;
tus labios pinté con una rosa roja,
tu cintura modelé con mis manos
y deje que tu cuerpo lo acariciara
la aurora de colores, bailando.
Ahora eres lo que ven tus ojos
tan distinto a cuando nos mirábamos,
ya eres codiciada flor de la mañana
que antecede a un día primoroso.
Alisios que bajan de las montañas
perfume sutil de rosa temprana,
voz que habla en silencio
en los corazones que aman;
pronto tu boca con sabor a miel y flores
sabrá a una sola flor, quizá clavel
y tu encanto de ninfa, gritará al viento
he dejado de ser flor, para ser mujer.
Ya no habrá que esperar al sol para ver un astro,
tú serás, ya eres, la luz de muchos ojos.


Jecego.

Otro día precioso.


Otro día precioso; te lo regalo.

 

Mírate en él, es contagioso

y verás tus ojos más bellos;

deja que el sol acaricie tu rostro

y lo verás más hermoso;

tu pelo negro brillará como el azabache

y miles de ojos te mirarán.

 

Como un ramo de flores te verán y verás,

unas veces serás silencio; otras, exclaman:

nada hay más allá del sol, tu sol, tu llama

esta que te regalo con mis manos, amada.

 

Te regalo este día tan hermoso, tan cálido

para que tu piel  se vista de gala;

para que tus ojos puedan verte y verme

antes que el sol se vaya;

 

luego será tu mirada la que descubra

que más allá de ti no hay nada;

solo una sombra perdida en el silencio

de ese  día que se acaba.

 

Jecego.